LOS CUERPOS DE PATRICIA GOMEZ.

POR, CRISTIAN VILA RIQUELME.

Dicen algunos que la poesía femenina no existe porque la poesía, como tal, no tiene género. Dicen otros que la poesía femenina sí existe y que se nota -y aquí viene el lugar común- porque lo femenino es frágil, plañidero, maternal y por eso tierno, etc. Ambos postulados me parecen vacuos, por no decir, tontos. Cuando leemos a Gabriela Mistral, ahora, hic et nunc, sin los prejuicios o facilismos que nos metieron a la fuerza con sus rondas y que, otra vez ahora, nos damos cuenta que no tienen nada de la siutiquería que nos enseñaron, descubrimos todo un cosmos y todo un lenguaje en el cual los montes de Elqui, la accidentada geografía no sólo de Chile sino que de América Latina entera, su historia, su tragedia, su diáspora, su fauna y su flora, su magia toda, en suma, forman parte de una poesía y de una prosa que no se anda con chicas. La poesía de una Juana Inés de la Cruz, de un José Martí, de un José Asunción Silva, de un Oliverio Girondo, de un Carlos Pellicer, de una Juana de Ibarbourou, de un Carrera Andrade, de un Cuadra, de un Cardenal, de un Antonio Cisneros… nos lo dicen y nos lo reafirman, por sólo nombrar a los latinoamericanos. Efectivamente, la poesía es tal o no lo es, más allá de los géneros y de las razas, pero tiene esas identidades y lenguajes que le dan, precisamente, el ser hombre o mujer, joven o viejo, heterosexual u homosexual, religioso o no creyente, de un país o de otro, de una raza determinada o de otra cualquiera. Hay una línea indeleble e indeterminable que hace que la poesía sea lo que es. Y es en esa línea donde se define y se ejercita la poesía -la ahora tan manida poiesis.
La poesía de Patricia Gómez se ubica en esa zona y, más aún, en medio de una aparente subjetividad nos recuerda, por ejemplo, al Whitman del Canto a mí mismo: “Me pienso e imagino tan distinta al resto, como una nebulosa que transita imperceptible por este y otros mundos [...] ¿Verán que tras un árbol hay miles de caminos? [...] que mi canto y mi dolor son parte de su sangre, como lo es la ignorancia y maravilla de sus almas, de la mía?”. Es ella, es su cuerpo y es el mundo, ella también es el cuerpo del mundo.
Patricia Gómez establece una dimensión carnal entre el Yo y el Otro, entre ella y el mundo, que define no sólo su poesía sino que la relación que tenemos todos con los lugares que habita la palabra y lo que somos: “Mi cuerpo es sorprendente./ La sangre estalla cuál volcán de mi vientre y fluye la vida y me torno fértil, emancipada y violenta, arremeto en el día y el día en mí.”. Es en ese sentido que el cuerpo está aquí presente como pluralidad y como equívoco, pero también como el deseo del Otro: “Te presiento, vivo y feroz,/ como un amanecer violento,/ que se arremete en mis dedos.”. Sin embargo, los atisbos de eternidad que la poetisa a veces nos muestra como destellos son, por eso mismo, efímeros, fragmentarios: “Se me escapa el tiempo/ en estas manos dormidas,/ desaparece como si no existiera.”.
Nos encontramos, entonces, frente a una voz plural que se extiende y se proyecta a partir de lo propio -del propio cuerpo- como territorio en el cual se juega lo colectivo en tanto cuerpo del deseo y de aquello que apenas se toca: “Cuándo me encuentro en las cosas que toco,/ cuando me hurgo y me busco/ en lo que no tiene forma.”.
Cristián Vila Riquelme
abril 2008.

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